La reciente llegada a plataformas de la película El Brutalista (The Brutalist, 2024), dirigida por Brady Corbet, ha devuelto al debate cultural y arquitectónico un movimiento que marcó profundamente la segunda mitad del siglo XX: el brutalismo. Su estética monumental y austera está íntimamente ligada al uso del hormigón visto, un material que no se esconde, sino que se muestra en toda su crudeza y potencia expresiva. El protagonista de la película es László Tóth, interpretado por Adrien Brody. László es un arquitecto húngaro de origen judío y superviviente del Holocausto, que emigra a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial en busca del sueño americano. Su vida da un giro significativo cuando un adinerado cliente, Harrison Lee Van Buren, le encarga un proyecto arquitectónico que cambiará su destino.
Más allá del argumento, la película logra transmitir cómo el hormigón puede ser algo más que un material constructivo: se convierte en metáfora de resistencia, autenticidad y permanencia. Pero también refleja, en segundo plano, una realidad que todo proyectista conoce bien: el complejo camino que atraviesa una obra desde que nace como idea hasta que se materializa en una construcción terminada.
El brutalismo, cuyo término proviene del francés béton brut, fue popularizado por Le Corbusier y se consolidó en Europa y Norteamérica entre las décadas de 1950 y 1970. Este estilo perseguía mostrar la “verdad” de los materiales. No buscaba la perfección superficial, sino la expresión de la estructura y de la técnica. El hormigón armado, gracias a su plasticidad y resistencia, se convirtió en protagonista absoluto. La exposición sincera del material, la legibilidad estructural y la funcionalidad de los espacios fueron algunos de los rasgos más distintivos de esta corriente arquitectónica, que no solo aspiraba a definir un lenguaje estético, sino también a ofrecer soluciones prácticas a las necesidades de reconstrucción en la posguerra.
Frente a materiales más frágiles o dependientes de tratamientos superficiales, el hormigón ofreció ventajas decisivas. Su versatilidad permitió adoptar formas complejas y soluciones escultóricas. Su resistencia y durabilidad garantizaron obras capaces de soportar condiciones ambientales exigentes durante décadas. Su capacidad estructural abrió la puerta a luces más amplias y voladizos más atrevidos que difícilmente se podrían lograr con otros materiales. Y además, el hormigón visto añadió un valor expresivo único: la textura, el color y las huellas del encofrado se convirtieron en parte del lenguaje arquitectónico.
Uno de los aspectos que El Brutalista sugiere, y que merece subrayarse, es la travesía que supone concebir y materializar una obra arquitectónica. Todo comienza con una idea que el proyectista transforma en planos, memorias técnicas y cálculos estructurales. En esa fase inicial se define la esencia del proyecto: qué se quiere construir, con qué materiales, con qué propósito y de qué manera se integrará en su entorno. Posteriormente, la propuesta se desarrolla con mayor detalle, incorporando soluciones constructivas, especificaciones de materiales y cumplimiento normativo. Es en este punto cuando la visión creativa se enfrenta a condicionantes económicos, técnicos o administrativos, que obligan a replantear o ajustar aspectos esenciales. En un momento de la película, László defiende el uso del hormigón en la obra por ser un material más robusto (sturdy) y barato que otros materiales de construcción.
Cuando la obra llega al terreno, los planos deben convertirse en realidad, y es entonces cuando surgen imprevistos: características inesperadas del suelo, dificultades de suministro, ajustes de seguridad, cambios en el alcance o problemas de coordinación entre oficios. En ese proceso, el proyectista vive una tensión constante entre la idea original y las adaptaciones necesarias. Cada junta de hormigonado, cada armado, cada superficie vista es objeto de atención, porque en los detalles se juega la fidelidad de la obra al proyecto inicial. Muchos arquitectos y técnicos describen este proceso como un “sufrimiento creativo”: la experiencia de ver cómo lo imaginado en el estudio se enfrenta a la dureza de la realidad constructiva, con la necesidad de tomar decisiones rápidas para no traicionar la esencia de la obra.
El momento de la finalización y entrega nunca coincide exactamente con el sueño inicial, pero cuando la ejecución ha sido rigurosa se alcanza un equilibrio entre visión, técnica y viabilidad. El hormigón, en particular, es un material que exige precisión: desde el diseño del encofrado hasta las condiciones de vertido y curado, cada detalle influye en el resultado final, tanto en términos estructurales como estéticos. La superficie del hormigón visto, con sus matices y texturas, es el reflejo de todo ese esfuerzo acumulado.
En España contamos con ejemplos paradigmáticos de brutalismo que evidencian el potencial del hormigón. Torres Blancas, en Madrid, de Sáenz de Oiza, combina este lenguaje con formas curvas y orgánicas que rompen con la rigidez de lo ortogonal. La Muralla Roja, en Calpe, de Ricardo Bofill, explora el material desde una dimensión plástica y cromática que lo acerca casi a la escultura. Walden 7, en Sant Just Desvern, también del Taller de Arquitectura de Bofill, plantea una reflexión sobre la vivienda colectiva a través de volúmenes de hormigón interconectados. Estas obras no solo resolvieron problemas técnicos y funcionales, sino que además generaron identidad, memoria y valor cultural.
La película de Corbet recuerda al espectador que detrás de cada edificio hay un proceso largo, exigente y muchas veces arduo, en el que intervienen múltiples actores y donde el proyectista se esfuerza por mantener viva la esencia de su idea inicial. Y también recuerda que el hormigón, con su solidez y su versatilidad, es mucho más que un material. Es un símbolo de permanencia, una herramienta técnica indispensable y un soporte cultural capaz de expresar tanto la fuerza como la fragilidad de una época.
Hoy, cuando la construcción debe responder al reto de la sostenibilidad, el hormigón sigue demostrando su vigencia. La innovación en cementos con menor huella de carbono, el desarrollo de áridos reciclados y las técnicas de optimización estructural permiten reducir su impacto ambiental sin renunciar a sus cualidades únicas. Más allá de las modas arquitectónicas, el hormigón continúa siendo protagonista indiscutible de la ingeniería y de la arquitectura contemporánea, tal y como el brutalismo y el cine nos recuerdan.
Pablo Gómez Escribano, delegado de ANEFHOP
